miércoles

Incipiens



Sentado en esta silla, rebusco en la memoria y te encuentro ahí, reciente y sonriente, un alivio momentáneo para estos momentos de tristeza y alegría, de discordia y fortuna.

Pienso en los monstruos que me atormentan. Oscuros y de centelleantes ojos, latentes en la sombra esperan saborear mi sangre. Al acecho esperan mi hundimiento para cernirse sobre mi carne. Siento su respiración en la nuca, su aleteo en el aire y su saliva en el suelo. Tienen hambre.

Me resguardo en mi lecho en la negra noche para no verlos. Sueño e imagino verte aparecer entre la bruma, antorcha en mano, haciendo huir de forma despavorida a toda bestia y criatura, y ver como se consumen y desintegran ante la luz. Eres la salvación que nunca llega.

Todas las noches, ante la atenta mirada de las estrellas rezo a todo aquel dios que este dispuesto a escuchar mi reclamo.

Que Malsunis el Cruel contuviese a sus criaturas enjauladas en cárceles de acero negro. Se alzaría Beleno el Bienhechor en mi ayuda. Con su lanza y con su ejercito comenzaría una batalla épica con todo aquel demonio y autómata del mal.  Fobos se escondería despavorido y Deimos partiría para no volver. Quiero oír sus gritos y sus llantos. Ver como de sus lagrimas nace un océano enfurecido ante los ejércitos del salvador. Un atisbo de confusión provocado por el grito de Odín callaría a la mole batallante, dejándoles atónitos, pausando el enzarzamiento entre demonios y ángeles. Todos esperando ver la causa. Verían aquella serpenteante criatura bífida disfrazada de escamas arcoíris. Una bestia titánica que incesantemente se elevaría hasta la cúpula del cielo. De entre las nubes surgiría Heimdall, Guardiana del Valhala, y con su llave abriría el ojo del reptil, la misma puerta del averno. Como si de un agujero negro se tratase, todo ser corrupto; demonio, monstruo o bestia ; sería absorbido en un caótico esperpento de grito y llanto, tormenta y desesperación. Me despediría del miedo, de la mismísimos Gormona y Janás; despidiendo con mi mano a la discordiosa Ate. Concluyendo aquel vorágine con el sonido de una campana. Entre la niebla calmada tras el caos aparecería Beleno que se despediría con una elegante reverencia, ante mi difuso susurro de agradecimiento.

El mar quedaría plano, con la ligera niebla disipándose poco a poco. Se alzaría un viento del oeste, apareciendo Céfiro, anunciante de la primavera. Él y su brisa se acercarían hasta mi oreja para susurrar tu nombre. Entre fuegos fatuos se alzaría un torii de gigantescas dimensiones, surgido del fondo marino ante el ir y venir de peces, medusas y caballitos de mar. Un umbral brillante del que saldrás tú. Tu piel y cabello. Tu sonrisa y esencia. Te abrazarías a mi, y yo entre la conmoción y la buenaventura no diría palabra, pues solo deseaba verte con mis ojos verdes, volver a enamorarte.

Lamasu la bestia alada nos llevaría hasta los confines de la tierra en un tranquilo vuelo donde mi horizonte empezaría en tus ojos. Enki, señor de los palacios, nos construiría un castillo en lo alto de un acantilado bajo la atenta protección de Poseidón y la eterna vigía de Eolo. Un lugar donde mis deseos empezaría en tenerte y terminarían en cuidarte, donde las flores y frutos creciesen en las paredes y donde nadie fuese desdichado. Cien velas mágicas iluminarían nuestra calma. De día viviríamos la vida y de noche, bajo la luz de Freya, sólo Afrodita sería testigo de nuestra pasión hasta el amanecer.

Esperaríamos hasta el fin del mundo y solo el día del Juicio Final, ante la destrucción de los Cuatro Jinetes, seríamos juzgados por Tefnut quien procuraría cobijo adecuado para nuestras almas.

Este es mi rezo y reclamo. Pero vosotras sois sólo estrellas y yo un simple mortal enamorado. Pero no me culpéis, el corazón quiere lo que el corazón quiere. Quiere rápido y olvida lento. Desea con ansia y teme un final.

FBRD 15·08·13
(Hang on little tomato)

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