miércoles

Adiós

Adiós espíritu maldito,
me despido de ti,
de tus flechas ardientes,
de tus hachas punzantes
de ti y de nadie más.

Adiós pensamiento maldito
arde donde mi alma no encontrará la paz,
sino el odio que me merezco.

martes

Me giro y veo brujas




Si el viento le dice a la flor, la flor se queda.
Si el viento le calla a la flor, la flor se marchita.
Que el viento calle y que la mala hierba, disfrazada de flor,
desaparezca.

***

Que la furia del infierno queme mis manos,
que el mismo diablo se coma mis entrañas,
que las rocas puntiagudas se claven sobre mi espalda,

Y que mi cuerpo se convierta en ceniza,
y la ceniza en triste polvo,
y el polvo en nada,

Que mi alma quede entre rejas 
y que no exista salida
de la prisión.


domingo

Pax




La paz es aquello que desconocemos. Si el muro que jamás caerá cae,
la tocamos ligeramente con los dedos, si permitimos que las aves rapiñen sobre nuestros cabellos, la perdemos de vista sobre el horizonte.

Solo hay una manera de alcanzar la paz completa y es necesario que la sangre muera.

Sentado aquí, el olor es perfecto. La luz ni demasiado brillante ni la oscuridad demasiado profunda, lo suficiente para ver el océano. Notar aquello, aquella criatura de la que ya hable, confundirla con el amor siendo el odio sobre mi mismo que incendiaba las praderas de mi alma. Notar como fluye hacia fuera, notar como un rio que limpia mis órganos putrefactos dando lugar a un frescor especial que me aproxima a la muerte, a la paz.

Notar las praderas de mi alma resurgir de sus cenizas y darle tiempo al tiempo que simplemente es eso, tiempo y el tiempo siempre llega y siempre va.

martes

Página en blanco.

Definitivamente, esto se tiene que acabar. Mi cuerpo es de vidrio fino y no puede resistir los golpes que propugnas con tus inmundicias indefinidas. Mi cabeza dejará los truenos y los rayos en el baúl de los tormentos y me dispondré a cerrar las puertas con elegancia, y como quien dice, me despediré con una elegante reverencia para que no percibas la sonrisa lasciva y maliciosa en mi cara, una simple fachada de la catástrofe que se esconde tras ella.

sábado


   †♔†

                                                                                   (Goya)




Y si de aquellos recuerdos no recordamos nada, es por que no queremos  recordarlos, o por que otros momentos ejemplares se han ocupado de tomar su  ofuscado puesto.

Como el gato que camina por el alfeizar y se olvida de cómo caer de pie .
Como el lobo feroz que mira a su presa y no recuerda como cazar. 
Como la abeja que recoge miel y no sabe a donde volar.

La luz que obliga a mermar su mirada, la presencia que les obliga a olvidar sus recuerdos, no es más que aquella razón  por la cual todos existimos ni menos de la razón por la que muchos dejaríamos de existir.

Llamémoslo como queramos pero no hay criatura más indefinible en nuestro mundo que esta de la que yo os hablo. El único ser, si se le puede llamar así, que ha conseguido derrumbar civilizaciones enteras, y que al mismo tiempo las a unido de nuevo. 

La vida es corta, a veces demasiado breve para algunos, pero no lo suficiente como para poder escapar a las garras de esta bestia.

No temas, pues no escaparás. 

domingo

El jardín de las amapolas








Había una vez  años atrás, en un lugar muy muy cercano, en el reino más desconocido de la historia, vivía un rey débil y penoso que no contaba ni con la más mínima veneración de sus súbditos. En aquel triste reino los campesinos  vivían entre cerdos y ratas, los nobles vivían atormentados y sin carne que comer pues la región era pobre en recursos y apenas había que echarse a la boca. El rey vivía apenado sobre un grandioso trono de oro en un gigantesco castillo vacío. Su único hijo contaba con un único claustro para él, en este claustro aprendía latín y matemáticas. El príncipe nunca salía de allí, donde todo era hermoso, pues el jardín de aquel claustro lo cuidaban unos monjes a los que la reina pagaba con esmero para que su hijo se criase rodeado de belleza. Se sentaba a leer los antiguos textos de Virgilio entre las amapolas y los pensamientos amarillos, a la sombra de un bello naranjo verde. Si tenía hambre los monjes se rompían la espalda por cocinarle los mejores manjares, si tenía sed los monjes se apresuraban a recoger el agua más pura del reino en lo alto del monte. Aquel príncipe era sano, fuerte, su piel blanca como el mármol y su tez bella y tranquilla como las brisa de verano, jamás se le vio reír ni tampoco llorar. No salía de aquel claustro, jamás hablo con nadie que no fuesen los monjes o los mismísimos reyes, pero todo iba a cambiar. Aquella paz intangible de su rostro quedaría borrada por el miedo y la felicidad que ahorcarían su cuerpo en la más inesperada miseria.

Nadie recuerda aquel día, por que nadie sabe lo que pasó, nadie vio ni oyó lo que el príncipe. Mientras leía los textos de Gayo en aquel hermoso jardín primaveral algo perturbó su concentración, una sombra pasar. Asustado o más bien curioso el príncipe siguió a la sombra. Se movía con rapidez y sigilo pero no más que el príncipe que le seguía desde cerca. La sombra era una persona bien tapada que se intentaba colar a por comida. El ladrón, una vez en la cocina, buscaba entre las estanterías y cajones, cogiendo cebollas y panes se llenaba los bolsillos. El príncipe indignado con tal acto tan poco honrado empezó a gritar llamando a los monjes, el ladrón se agacho y empezó a pedir que bajase la voz, que él no era un ladrón, que él era un príncipe. El príncipe conmovido por lo que le había dicho se calló y le miró extrañado. -¿Cómo que eres un príncipe? Yo soy el príncipe de este reino- El ladrón le miró y dijo- Yo no soy príncipe de este reino,  si no de una más lejano, el reino de mi padre a caído, la guerra y el fuego han arrasado con las colinas y los prados en los que yo solía cabalgar. Tengo tanta hambre que me veo obligado que hacer esto, a robar para poder vivir, no se nada de mi familia ni de donde pacen ahora mismo.
Tú, si eres el príncipe de este reino habla con tu padre y avísale de que los reyes del norte se acerca había aquí, son despiadados y su ejercito temido por doquier-. El príncipe totalmente asombrado por lo que este le acaba de decir preguntó- ¿Cuál es tu nombre?- a lo que el ladrón respondió-  Ébano, y el suyo mi señor- a lo que el príncipe respondió- Altaír.

El príncipe Altaír creyó conveniente resguardar a aquel pobre chico, fuese príncipe o no, lo escondió en sus aposentos a la espera de averiguar si era un príncipe verdadero antes de consultar a su padre. Durante varios días Ébano vivió y comió en aquella habitación, tenía largas conversaciones con el otro joven príncipe, le describía la grandiosidad de su reino. Altaír, que vivía en un bucle de engaños, le respondía diciendo que su reino era más grandioso, en donde todas las flores brotaban en paz y en donde todos los hombre comían carne de vaca. Ébano, consciente de la ingenuidad de su nuevo amigo callaba y se dejaba llevar pues sabía que en Altaír no había maldad sino solo bondad y paz.

Tras largos días Altaír dejó de investigar y pidió a los monjes que dejarán el claustro solo, quería que Ébano admirase los pensamientos y las amapolas de aquel jardín sin que nadie les viese. Durante mucho tiempo los dos jóvenes vivieron en la armonía de aquel claustro, juntos leían textos de siglos pasados y reían cada día mas enajenados del peligro que se acercaba desde el norte. Ébano olvidó por completo aquel peligro y Altaír se olvidó de averiguar si aquel era un príncipe verdadero, pues hay amistades que te alejan de la realidad tanto como de la enemistad.

Todo aquello no duró. Un día mientras estaban tumbados al sol en el verde césped de aquel claustro, una marabunta de guardias reales entró con rapidez, Altaír asustado empujó a Ébano a los matorrales para que nadie le viese y se dirigió a su padre que iba montado en un caballo esquelético y enfermizo.

-¡Padre! ¿Qué esta pasando?- preguntó Altaír. –Hijo mío, el reino se encuentra en peligro extremo, los reyes del norte han invadido nuestras tierras, aseguran que tenemos algo que ellos quieren y que solo se irán si se lo damos, están buscando al príncipe Ébano de los reinos del Oeste… hijo mío, dime que sabes donde está, pues hemos buscado hasta debajo de la piedra más pequeña de todo el reino y nadie lo encuentra.- respondió el rey con voz afónica. Altaír alterado por aquella situación propuso a su padre que lo buscasen pos otros reinos cercanos, que él no sabía de tal príncipe. El claustro se quedó en silencio, Altaír solo podía oír los latidos de su corazón y la respiración de Ébano. El rey subió la voz rompiendo aquel silencio atroz- Hijo mío, se que mientes, se que no estas solo, ¿Pensaste que no dejaríamos a un monje que te vigilase después de que los echases a todos? Se que hay otro joven en este jardín y se que se esconde-hizo una pausa para toser- Lo que no se, es si esa persona que me escondes es el príncipe Ébano o no, en el caso de que lo fuera entrégamelo hijo mío,  es su cabeza a cambio de las de todo nuestro reino, incluyendo la mía y la tuya-. Altaír no dijo nada y sin darse ni cuenta tenía a Ébano en su espalda gritando su nombre, afirmando ser el tal príncipe que estaban buscando. Los guardias saltaron de alegría, el rey miró a su hijo totalmente defraudado sintiéndose traicionado. Dos guardias se acercaron hacia Ébano, le amarraron las manos por detrás de la espalda, el ladrón miro al príncipe,  y se lo llevaron. La primera lágrima que toco el rostro de Altaír de deslizo suavemente por su mejilla antes de dejarse caer al vació.

Se llevaron a Ébano a una colina en la cual los cinco reyes del norte esperaban su recompensa respaldados por un ejerció de millares de hombres. El ritual fue corto, Altaír salió por primera vez de aquel claustro y pudo  observar la pobreza de su reino, pudo ver los cadáveres desnutridos en descomposición, pudo ver calaveras por el camino. Cuando llegó a las raíces de la colina sabia perfectamente lo que iba a pasar, pusieron a Ébano de rodillas mirando hacia él, estaba llorando como un niño. Uno de los reyes del norte desenvaino su larga espada, la alzó y sonaron los fuertes berrinches de su ejercito que aclamaba la muerte del príncipe enemigo, Altaír notó un fuerte golpe en el pecho cuando observó que la cara de su amigo le sonreía antes de que la espada se dejará caer sobre su cuello dándole muerte. Todo se volvió tenebroso y notó una fuerte rabia en su interior, gritó pero nadie le oía, lloró pero nadie le consolaba.
Pudo observar borrosamente por sus lágrimas como los reyes del norte mandaban el ataque, vio como una espada atravesaba el  pecho de su padre, vio como un ejercito enteros corría hacia él. Una flecha le alcanzo el hombro a Altaír y su grito de pena se confundió con su grito de dolor, otra segunda flecha le alcanzo el estómago y notó como se encogía su cuerpo. La última flecha le alcanzo el cuello y aquel grito, el más terrible que jamás haya  escuchado, se fue perdiendo lentamente en un timbre agudo que acabó en silencio y en oscuridad.