jueves

Las Moiras del Destino



1.

1935. En la esquina de aquella habitación, entre las sombras, había una mujer de tez blanca y pelo negro como la misma muerte, en sus manos escondía una rueca que giraba lentamente con sus largos y bonitos dedos, mientras susurraba una canción que nadie oía. Miraba fijamente la cara de Lola, aquella cara sudorosa, que por su boca pedía clemencia a Dios  por tener un retoño sano. Sus músculos estaban tensos y sus ojos palpitaban de terror, mientras su corazón bombeaba sangre de norte a sur, sentía como cada parte de su cuerpo temblaba por aquella criatura que debía nacer, que significaba todo para ella. No veía más allá de ese momento. Entre llantos y gritos la futura madre se quedó mirando a aquella extraña mujer de tez blanca. ¿Qué tejía? ¿Por qué estaba aquella mujer entre todo aquel tumulto de gente sin llorar o rezar, sin hablar ni callar? ¿Qué cantaba? Lola veía en los ojos de aquella mujer todo y nada, ojos como agujeros infinitamente oscuros que no llevaban a ningún lugar pero que lo significan todo, ella sentía como que la vida de su futuro bebé estaba en las manos de aquella mujer, quería pedirle que se le acercara y le cogiese de la mano, pero no podía, solo salían llantos de dolor de su boca.

La misteriosa mujer siguió allí sentada, nadie la veía, nadie la oía.

Tras largos minutos de tensión y plegarias Lola guardo a su hijo entre sus calurosos brazos, que bien falta le hacían aquella fría tarde de Diciembre. Sonriente miraba a la criatura, orgullosa de él y de ella misma. Al volver los ojos hacia aquella esquina, ya no había nadie, ni siquiera un resto de algo. Preguntar no le sirvió de nada por que nadie la vio ni oyó. Lola decidió dejarlo en el pasado como un delirio de su memoria, sin darle más importancia marchó de aquel lugar tras unos días para poder volver a casa y mostrarles a todos la bendición que Dios le había dado.

2.

Que importaba el lugar, el año y los hechos causados por los seres que rodeaban a la pequeña mujer que con felicidad sujetaba a su hijo, sentada en aquella silla de mimbre. Ella notaba el sol acariciando su rostro, algunos niños jugaban por la plaza, otros ya más mayorcitos vendían frutas y demás cosas. Cuan felicidad arrasaba su cuerpo al mirar la cara de ese ser, el ser que cambió sus vidas.

Miguel, el padre estaba trabajando las tierras de los burgueses de la ciudad, cobraba lo suficiente para poder alimentarlos a los tres, pero siempre hacia falta un poco más de pan y leche para la reciente abuela, que se dedicaba a coser y arreglar la ropa de los vecinos. Miguel llevaba varios días trabajando de sol a sol, pues los días de verano siempre eran productivos y además un extra no vendría mal pues llevaban varios años de malvivir y el quería construirle un castillo de naipes de oro a Lola, con sus propias manos. Lo suyo era amor, la abuela siempre quiso a su nuero aunque nunca dejó de blasfemar en su contra, era la manera más común, según ella, de mostrarle aprecio, dejando claro que no podía dormirse en los laureles, que tenia una familia a la que alimentar.

Amelia la hermana de Lola pasaba de vez en cuando a visitarlos, aunque ella ya tenia su vida hecha. Poco la veían, pero de ella sabían que se dedicaba a pintar cuadros con su futuro marido, un pintor de origen desconocido el cual no tuvo la dignidad de hacerse presente ante los miembros de la familia. La abuela solía recordar los que hubiese dicho el abuelo en esos momentos, dejando por los suelos al bohemio zarrapastroso que era el novio de Amelia, siempre acabando con el signo de la santa cruz y ofreciendo la paz del difunto. Quien le iba a decir, a esa pobre mujer, que tendría que ver y oír esas cosas.

Todo aquello le era prácticamente indiferente a Lola, en aquellos instantes en que la cálida brisa y el viento calentaban sus brazos, su cara, su alma…

3.

El sudor mojaba su ropa, su rostro enrojecido por el calor miraba hacia el sol con la mano como cortina, pensó en lo poco que quedaba para poder almorzar, con fuerza llamo a su amigo diciendo que si se echaban un cigarrillo, y así lo hicieron.

Miguel y su amigo se pusieron bajo la sombra de un árbol, ambos estremecidos por el calor que hacia se encendieron un pitillo a la espera de empezar una conversación. Hablaron de lo pobres que eran, de lo mucho que trabajaban y lo poco que cobraban. Hablaron de hacer como en Rusia, de alzarse contra los ricos y los altos cargos y bajarles de su pedestal de oro. Como siempre, acabaron la conversación como la habían empezado, encendiéndose otro cigarro y empezando a hablar de parientas y demás, Miguel se mostraba orgulloso de su recién nacido mientras su compañero replicaba que el no quería hijos, que lo último que le hacia falta era otra boca para echar pan. Juntos se rieron durante un buen rato, tuvieron una leve discusión sobre política mostrando sus diversas disensiones, pero sin llegar a las malas palabras. Miguel solía decir: “Que más podemos decir si no sabemos y quien no sabe calla y escucha y no promulga ni remuga sin ton ni son palabras que nadie entiende, pues nosotros no sabemos y nadie puede esperar que nosotros, que no sabemos nada, cambiemos el mundo amigo mío”.

A lo lejos se oyeron las campanas sonar,  el amigo dejo claro que ya eran las dos, hora de irse a casa y almorzar, para luego volver  y trabajar el resto de la jornada. En el camino apareció  un coche, que salía de la villa de los burgueses de la ciudad, los Casal. Los dos amigos se levantaron con rapidez pues bajo la sombra de un árbol no darían ninguna buena impresión, el coche se acercó lentamente mientras ellos se dirigían a sus respectivos hogares. El coche se paro y de el salió una mano.

Los dos hombres se acercaron y vieron la cara del dueño, calvo pero disimulado por un peluquín, gordo como una vaca y con un bigote muy espeso. En su cara no se notaba la simpatía ni tampoco la benevolencia, sino una especie de rabia contenida. Junto a el estaba su mujer, si alguien era infeliz en aquel mundo y en el siguiente era ella, siempre cabizbaja y con las manos cogidas. ¿Quién sabe por que? Lola solía decir que quizás nunca fue feliz, por que su matrimonio era falso, nunca existió el amor ni la pasión.  El Señor Casal pronunció una única frase: “Que sea la última vez que os veo pasar tanto rato de cháchara fumando y riendo, por que os echare a patadas”. El coche continuó su marchar, Miguel y su compañero esperaron a perder de vista el coche para echarse a reír, se mofaron de la barriga. Del bigote y de la vocecita aguda de aquel hombre, luego prosiguieron la marcha.

En la plaza la gente se fue dispersando, ya nadie tenia interés por comprar ni pasear, era la hora de comer, Lola se metió en casa y se sentó delante de la chimenea apagada para darle de mamar al niño. La abuela entró desde la cocina-“ Válgame Dios, hija mía. Aquí hace un calor del infierno, déjame que te abra la ventana…”- “Muchas gracias madre”. La vieja mujer, aunque con dificultad por su avanzada edad, alzó los brazos y abrió aquella gran ventana, y de nuevo la brisa estival golpeó el pelo y la cara de Lola. En sus brazos el bebé se estremeció, pero no tardo en volver a agarrar para alimentarse. La abuela se volvió a meter en la cocina y Lola pudo oler la sopa de arroz que esta estaba preparando para todos.  Lola estaba un poco preocupada, Miguel no llegaba. Recuerda perfectamente el día que se conocieron, ella solía intentar leer en el descampado de pueblo, aunque le costaba, lo intentaba. Pero la verdadera razón de su afán por leer era poder apartar los ojos del libro para ver jugar deportes a aquel chico tan joven y guapo, era alto y estaba bien cuidado, ella le miraba disimuladamente y el también se despistaba bastante por ella, hasta que un día se despistó demasiado tiempo y un balonazo le dio en la cara, ella acudió a socorrerle y él, se dejó ayudar y se dejo querer por aquellos brazos que le limpiaron la sangre de la nariz. Esa misma noche anduvieron juntos por el pueblo, charlando y riendo… Lola suspira, que fue de aquel amor, aun lo siente pero no arde en su interior, es simplemente una pequeña llama que brilla y lucha por no desaparecer. Recuerda su primer beso con él, recuerda aquella noche sagaz en la casa de él, asolas, sin nadie que pudiese oír lo que estaban haciendo. Tres meses después la boda y ya luego el hogar, el trabajo, el rutina… Pero Lola era feliz con su criatura.

La abuela limpiaba cachivaches con gran habilidad en la cocina, tenia que darse prisa en darles de comer pues tenia bastante trabajo, tenia que arreglar un manteles y varias camisas de hombres que no saben cuidar las cosas. Siempre lleva una pequeña cruz de oro en el pecho y suele besarla como si besase a su difunto marido, ella aun lo amaba y deseaba encontrase con el de nuevo, de vez en cuando no podía evitar una pequeña lágrima por él.

Miguel caminaba por la plaza con tranquilidad de camino a casa, era feliz, le esperaban una bonita mujer y su hijo en casa. De camino saludó a todas las personas que volvían a sus hogares. Se topó con un hombre uniformado que le llamo bastante la atención, le saludó de mala gana y el militar no devolvió el saludo. Al entrar en casa se encontró a su mujer sentada en una silla sonriente y a la abuela, para variar , de mal humor, lo dejó pasar y se sentó en la mesa mientras la abuela traía la olla. Todos comieron en paz, no tuvieron una conversación muy interesante, Miguel habló de aquel hombre y poco más. Lola no abrió casi la boca y la abuela no callaba, para variar.

                       4.

El día transcurrió con normalidad, Miguel acabó su jornada, Lola después de su larga siesta junto a su bebé decidió ayudar a su madre, que muy estresaba andaba con todos los pedidos que tenía. Lola le recordó que el día siguiente era su cumpleaños y que Amelia y su marido vendrían a comer con ellos para celebrarlo. “Celebrar el qué, si yo ya soy más vieja que el frío y no necesito celebraciones ni papanatas estúpidas …” decía la abuela, mientras Lola hacia oídos sordos a lo que decía su madre, sabia perfectamente que cada día que pasaba estaba más loca que el anterior.

A varias millas de ahí, más cerca de la ciudad vivían Amelia y su futuro marido, ella estaba nerviosa pues en breves llegaría el momento en que su madre se encontrase con su novio, ¿Qué diría?, en el fondo no entendía por que se preocupaba si ella ya estaba alejada de toda esa chusma de pueblo con la que solía vivir. Últimamente su futuro marido se pasaba demasiado tiempo en la ciudad, acababa de trabajar muy tarde y poco hablaba de lo que hacía. Amelia se preocupaba bastante por él, una vez encontró un panfleto que hablaba sobre política, algo que a Amelia le importaba bastante poco. Desde entonces sólo se atrevió, una vez, a decirle a su marido que por favor se alejase de ese mundo, que la situación política no estaba muy estable últimamente y que tenía que dejar atrás esas cosas, que la gente es mala, que era peligroso… Él solía no escuchar.

Ese día Amelia hablo durante la cena con él seriamente, le pidió a ruegos que se olvidase de hacer tonterías de esas el día próximo pues era el cumpleaños de la abuela. Él, con mala cara y ojos cansados, asintió mientras bebía una copa de coñac. Amelia se dio por satisfecha y juntos se acostaron, aquella noche el futuro marido pensó en lo que le habían dicho: “Vigila compañero, nos siguen, alguien sabe que existimos y lo que nos proponemos, no dejes que nos descubran y pasa de ser percibido.”

Todos tuvieron sueños y pesadillas aquella noche, Miguel se imaginó a si mismo calvo con peluquín, bigote y un gran puro en sus manos mientras se reía a carcajadas. La abuela soñó con su luna de miel. Amelia no consiguió pegar ojo hasta bien entrada la noche para luego soñar algo que no recordaría al despertar…

Lola, ella si tuvo un sueño para recordar. Se veía sentada en medio de un lago, en un pequeño islote, la niebla no permitía ver más allá de la orilla. No se oía nada, ni se olía nada. De entre la niebla aparecía una mujer con el cabello rubio como el oro, y unos ojos infinitamente oscuros. En su mano llevaba un gran pluma de ave de color negro y de esta salían pequeñas gotas de tinta ,como lagrimas, que salpicaban en el agua y se hundían entre las pequeñas olas mientras desparecían. Ella le miraba a los ojos y sentía como todo el bellos de su cuerpo se ponía de punta, como si el corazón le fuese a salir del pecho, como si el aire no bastase para respirar. Todo su cuerpo se alzó ante la presencia de aquella deidad. La mujer abrió la boca y dijo: “La batalla que complementará su vida se acerca si no ha ocurrido ya, prepare bien sus ejércitos, pues todo existe en la mente. Usted decide como sucederán las cosas en su vida, por que la vida es un sueño, y los sueños pueden ser pesadillas.” Esas palabras resonaron en la cabeza de Lola como campanas, notó una fuerte vibración en todas sus extremidades y sin darse ni cuenta se despertó. Alzó su cuerpo en la cama, estaba tranquila, en su mente aun resonaban las palabras de aquella mujer. Estaba confundida, sorprendida, atónita… pero sólo fue un sueño, nada más.


Continuará...