sábado

El Elefante Negro





Hoy he visto como arrasaban los campos de trigo que dan de comer. Como un elefante negro pisaba el mundo dejando cadáveres tras de sí. El elefante camina con terror en sus ojos. En su mente se enfrenta el odio de las personas y el amor de los hombres. Confuso, ni mira ni piensa a donde llegará, y arrasa con sus patas de fuego ardiente. La gente lo observa aterrada y huye despavorida. No hay lugar donde mirar y no verlo. El elefante nos corrompe y nos abate con sus colmillos de marfil carmesí, enrojecidos por la sangre de aquellos andantes del pasado que intentaron mejorar un mundo de huellas, que no saben a donde ir  ni adónde llegarán. No hay cultura a la que los ojos del grandioso mamífero no atemorice, ni lugar donde no oír su rugido. Un rugido sin principio ni final; un auguro de silencio para todos aquellos que lo escuchan.
¿No lo han visto? Está por doquier. En todo elemento aparece el animal negro como el carbón avisándonos de un porvenir trágico. Su odio es imparable, y sus pasos al son del tambor del juicio final, nos impiden oír el sentido de nuestra existencia. No corran, ni caminen ni se queden quietos. No lloren ni se lamenten. El elefante negro llegará y nos comerá a todos sin excepción ni privilegio.







Fco. Borja Rossich Darder

martes

Yshckloi II



Cuenta la historia…

En éstas tierras, tiempo atrás. Cuando los caballeros solían buscar bellas damiselas en apuros y los señores vivían en lustrosos castillos rodeados de todo tipo de lujos y manjares. Los súbditos sin embargo, morían de hambre; reprimidos, asustados, sucios y demacrados. Vivía por los parajes un joven príncipe, de buen porte y elegantes movimientos. Su padre, el rey, dominaba todo lo que la vista pudiese alcanzar y, con mano dura, castigaba todo crimen y desdicha sin consideración ninguna, más que su propio prejuicio. El joven príncipe admiraba el reino que algún día estaría en sus manos y se imaginaba batallando contra bandoleros y dragones, siempre luchando por el bien del pueblo.

Pobre ignorante aquel joven, que no tenía idea alguna sobre los asuntos de rey y desconocía por completo lo que, a ojos de la mayoría, era el pan de cada día. La mirada sombría se su pueblo así como su desdicha era invisible ante sus ojos.

El joven príncipe ansiaba con todo su ser y orgullo ayudar a quienes lo necesitaban, pregonaba de buena fortuna, los actos heroicos que algún día realizaría como futuro rey. Sin embargo, aquellos que lo rodeaban lo tomaban por un estúpido sin cura en un mundo ciego.

Muy a pesar del rey, no hay mirada que permanezca ciega ante cualquier ojo que observe más de lo que alcanza su simple vista. El joven príncipe salió a cazar una mañana, volviendo al castillo esa misma noche con ocho presas que servirían de cena y una imagen que no se le borraría de la mente con facilidad, la imagen de una joven que escondía su rostro al tiempo que hacia  reverencia ante la presencia del príncipe. Mientras dormía soñaba con aquella campesina. Cuando no dormía, la imagen de aquel rostro se le aparecía en cualquier lugar. Su mirada perdida le hacia parecer más estúpido de lo que la corte del castillo creía.

Una noche, sin poder conciliar el sueño, abrió la ventana e inútilmente buscó con la mirada el rostro que tanto ansiaba. Una voz le llamó, el sorprendido la siguió. La voz que le llamaba le guió hasta la torre más alta del castillo, donde encontró un rostro que le observaba. Una cara huma que surgía de la misma piedra de la pared y que con sonidos rocosos gesticuló una leve sonrisa. “¿Quién eres y qué quieres de mi, espíritu?” pregunto acechante aquel joven príncipe. “Soy el viento que mece al rio que rompe la roca que resguarda al árbol que alimenta al viento… Yshckloi es mi nombre si te interesa y no busco nada de ti joven príncipe, la cuestión es qué puedo hacer yo por ti. He venido desde lo más profundo de los océanos cumplir las plegarías de quien me reza. Dime, ¿Eres tu aquel que ansía la victoria y el amor?” dijo con voz quebrante y ronca la tez rocosa que se movía en la pared. “Si, soy yo. Aquel q busca ser victorioso en su reinado y aquel que busca el amor de la campesina de rostro humilde. Dime ser, ¿Cómo puedes ayudarme?” dijo el príncipe. “No haré más que guiarte joven príncipe. Acude mañana al alba a la plaza, donde diez personas esperan morir. Escucha el llanto de la séptima persona, pues su vida está en tus manos, ¿Será quizás la joven campesina? La única forma de salvar el amor que ansías es renunciar al reinado, debes derramar la sangre del juez que te dio vida, el mismo que pretende asesinar a quien tanto amas. Duerme ésta noche mientras puedas y elige tu destino al alba” dijo el rostro mientras se desvanecía.

El príncipe se quedó perplejo. Tenía que decidir entre ser un rey sin amor o ser amado sin reinado. Que difícil decisión le plantaba el destino. Sin dejar de pensar durante la noche, el príncipe lloró temeroso de aquello que estaba por llegar y llegaría.

“El miedo me frustra, no se como actuar. Decidir entre quien amo y lo que ansia mi honor. El guerrero valiente, ansioso por el combate, tiene miedo pero combate. Yo cobarde ante le miedo, quiero esconderme e huir, pero mi escondite no sería más que un destino peor a aquel que puedo escoger. Maldita bruja, espíritu, ser… “ se lamentaba el príncipe entre sus sábanas de seda blanca. Y entre lloros y lamentos sonó el canto del gallo y aprisa se dirigió el príncipe a la plaza donde su padre ejecutaría a los miserables condenados.

Con los ojos enrojecidos, observó la muerte del primero, del segundo… mientras tanto seguía pensando que hacer…del tercero  y cuarto… una lágrima se derramo por su rostro mientras morían el quinto y el sexto, entonces la vio. Aquella joven doncella, con lágrimas en su rostro. La voz del verdugo sonó fuerte diciendo: “Por el delito de robo se te castiga con la muerte”. El cuello de aquella joven, blanco como el mármol, apoyado en el tocón ensangrentado, mientras un charco de lagrimas se vertía entre sus cabellos y el suelo.

“¡Padre!” gritó el príncipe. “Detén ésta masacre por hoy”. Cien rostros apuntaron al joven príncipe, entre ellos el de su padre que con mirada rapaz esperaba oír la razón de tal interrupción. “Hay bandidos en el castillo, bandidos del bosque en busca de nuestro oro…”.

El Rey se alzó y con él su espada. “Todos al castillo” gritó. Sin poder creer la buena fe que tuvieron en él, el príncipe observó como toda alma desaparecía de la plaza. Todos menos el verdugo y su presa. Sin dilación alguna alzo su espada y rápidamente mató al verdugo, alzo a la doncella en sus brazos y le susurró al oído: “Huyamos de aquí para no retroceder jamás”.

Cristian cesó con la historieta y esperó atento la reacción de Danielle. La joven estaba sorprendida con aquella historia y sin dilació dijo:
-Que historia más bonita, cuanto menos curiosa… pero me has engañado.
-¿Por qué dices eso? Yo no he dicho engaño alguno- dijo Cristian.
-Dijiste que la historia era triste, sin embargo el final de esta es ciertamente feliz. También dijiste que nada tenía que ver con la valentía…
-Bueno, si te soy sincero, existe un final para ésta historia…pero no lo recuerdo- interrumpió Cristian.
-De todas formas, me ha encantado ¿Te sabes más cuentos?- preguntó Danielle.
-Claro que sí, todos los que me pidas, pero no es bueno abusar de mi. Además se está haciendo tarde, será mejor que nos marchemos.- dijo Cristian
-Cierto-respondió Danielle al tiempo que se alzaba.-Quizás otro día te pueda hablar yo de mitología griega. Aprendí en la escuela y es bastante curiosa de oír.
-Mejor otro día, vayámonos. Tu padre te estará buscando- dijo tajante Cristian con cierto nerviosismo en su voz.

Aquellos jóvenes se levantaron y empezaron el camino de vuelta a sus hogares, dejando atrás aquella colina y aquel riachuelo, mientras los últimos rayos de sol alumbraban aquel árbol de tono azulado, sin saber que fue ahí donde suspiro por ultima vez el príncipe de aquella historia. Muerto por la flecha de su padre mientras abrazaba a la campesina, considerado traidor al trono y enemigo del reino. El cadáver del hijo fue enterrado en una fosa común, mientras que la joven fue quemado y condenado al infierno por el religioso del lugar ya que, según el rey, había hecho uso de la magia para manipular a su primogénito.

 El coraje y el amor del príncipe permanece ahí desde entonces, dirán algunos románticos. Otros dirán que son tonterías y cuentos de niños. Sin embargo yo creo que si el príncipe murió, fue para darnos una lección a todos. A pesar de que el miedo forme parte de la vida, sin coraje, no se hace uno digno de vivir.

domingo

Yshckloi I




-Ya hemos llegado- dijo el joven Cristian.
-Amo este lugar- afirmó sonriente la bella Danielle.

Un elegante paisaje se erguía ante sus miradas. Una pequeña colina verde, con un riachuelo que irrumpía en él como la lanza en carne viva. Un árbol sirvió de sombrillas para aquellos jóvenes. Un árbol gigantesco que, con la luz del sol, parecía tener una tono azulado en su follaje. El chico, ansioso por refrescarse, fue a meter los pies en el riachuelo, mientras Danielle le observaba apoyada ya en el tronco. No es recomendable meter pie alguno en agua durante la primavera, pues aunque prime el sol y la luz acalore nuestros cuerpos, no deja el agua de estar fría, como recuerdo del invierno que recién terminó. Al mismo tiempo que zambullía sus piernas en el río, su cara de alegría se tornó de espanto y corriendo, tal como había entrado, sacó las piernas del agua, mientras la joven Danielle rompió en carcajadas al ver aquella situación tan cómica. Cristian volvió al árbol, sacó del bolsillo de su camisa una pitillera y se encendió un cigarro.

-¡Qué haces fumando!- dijo Danielle sorprendida. Él le miro con cara de interesante mientras, patosamente, encendía el cigarrillo.
-Ya soy mayor, si puedo ir a la guerra puedo fumar. Soy un hombre hecho y derecho y una mujer no puede reprocharme. Al menos no hasta que me case- dijo en tono burlesco sin quitar esa sonrisa maliciosa de su cara.
-Apuesto a que no eres capaz de repetirlo delante de tu madre- respondió sonriente Danielle.
- No, seguramente no fuese capaz, lo admito. Pero cuando vuelva del frente, seré alguien respetable en el pueblo y no creo que nadie, ni siquiera mi madre, pueda reprocharme el fumar- dijo Cristian.
-No entiendo como no temes ir a la guerra,… a mi me daría pavor- susurró Danielle con tono ausente.
-Por eso las mujeres no luchan, es obvio que el varón es más val… - Danielle golpeó el hombro de Cristian mientras el reía.
-No me gusta que hagas estas bromas, no es que me de miedo es que…
-Shu. Shu…- le hizo callar Cristian.-No creo para nada que la valentía sea una virtud. Es imposible no tener miedo. El miedo es parte del ser humanos. No sé si has oído nunca la triste historia de Yshckloi…
-No, no me suena de nada-respondió Danielle.
-Bueno, si no eres de por aquí dudo que te suene. No es valiente el que no teme. Si no, el que una vez siente temor, sabe afrontarlo de la forma más cauta posible, y siendo cauto se es cobarde, pues no existe entonces valentía pura en ningún ser de este mundo…-dijo con tono poético y misterioso intentando asombrar a la muchacha.
-Déjate de palabrerías Cristian, deja de hacer el tonto y cuéntame la historia esa que has mencionado- dijo mientras apartaba con la mano el humo del pitillo que tanto le incomodaba.
-Bueno, yo si quieres te la cuento. Pero te aseguro que nada tiene que ver con la valentía-.
-¿Entonces por que la mencionas?- pregunto Danielle.
-Nunca va mal hacerse el interesante, ¿No crees?
-Sin embargo, a mi me dejas con la intriga de saber que pasa con “Iclosi…- dijo sin saber Danielle.
-Yshckloi, Ysh-ckloi. Es el nombre de un ser que habitaba por aquí cerca. No muchos recuerdan ya ese nombre, y los que lo recuerdan ya están muertos o cerca están de morir- dijo con tono sombrío el joven.
-Sin embargo tu estás aquí, vivito y coleando…-
-Bueno Danielle, vas a dejarme que te cuente la historia o me vas a interrumpir- dijo enfadado. Danielle agachó la mirada, observando de reojo la ligera sonrisa en el rostro de Cristian, algo, que siempre le hacia  sentir bien cuando estaba con él, un pequeño detalle de la vida que, quizás, le hizo fijarse demasiado en él.
-Cuenta la historia…

lunes

Coloquio Somnolente



Coloquio Somnolente 


– Hablo de un Imperio memorable, ansioso de conquistas, temeroso  de encontrar limites. Amado por su gente y temido por sus enemigos. Dominio de un emperador que mereció ser de oro y al que ni las palabras podían destruir.  Morir, su mayor temor. Vivir, su mayor pesar…– dijo Madeleine.

– Solían existir tiempos en los que la simpatía era virtud y las canciones palabras de amor. El vino, jugo de la vida, corría por las calles. La sangre hirviendo en los tigres de la esperanza hacía olvidar el toque final del último mosquetero; el final de las maravillosas aventuras de Alicia y el último suspiro de mis sueños…– armonicé en palabras.

– Hay sueños que no pueden ser, si no solo miseria infernal que no te harán ver lo que es, si no lo que parece. Mata los sueños que están en ti. La juventud desesperada, reflejo de mi rubia melena y de mis bellos dientes. Precioso recuerdo de cuando solía ser la simpatía una virtud…– habló Fantine desde la luz.

– Pero qué es de todo si se convierte en ceniza, desesperación por pensar que se apaga– respondí.

– Se justo y vive con fe en la armonía del Señor, él te guiará. Pierde la vista de Lucifer y mira la multitud de las estrellas que mienten, que engañan. Los sentidos del silencio que perduran mientras miras hacia la noche con valentía y con fervor por sentir la gratitud de tus actos, recompensada con el infinito en paz y plenitud.”- dijo Le Juge.

– Nada, nada, nada de nada… oscuridad infinita en la soledad de tu nada– dijo el desconocido.

– Vacío en mi pecho siento si pienso en nada, discordia en mi mente. Un conflicto interminable entre mi razón y mi imaginación. Pensar no quiero, pero no puedo no pensar pues es parte de mi ser, de mi naturaleza– aclaré con ímpetu y acaloro.

–Tómalo, cógelo y saborea del jugo de la más bella fruta que puedas encontrar, pues es ésta la que incentiva. El amor, la pasión…–dijo el joven.

– Marius, cierra la boca pajarraco– dijo Le Juge

– El joven emperador creció admirando la belleza de su imperio, el crecimiento de una civilización que asombraba a los dioses…– continuó Madeleine.

– No peques o escarmentarás, vive bajo lo legitimo  y no sufrirás…–dijo en la sombra Le Juge

– Pero si lo haces, hazlo por tu ser y por la integridad de tu alma, no lo pienses. Nosotros no estamos ahí ni aquí, donde quiera que pienses que estemos…– dijo Eponine mientras un prior afirmaba a sus espaldas.

– ¿Dónde estáis entonces?– pregunté.

– Piénsalo– respondió Eponine.

– Hablemos de batallas por ganar, de objetivos por alcanzar. La estrategia en el campo de batalla determinará nuestros pasos en la conquista. El precio de la sangre, un simple juego al que quizás podamos perder. Sentir que nada es útil y que la delicadeza de los suspiros son equívocos. Un mundo que no es nada sin deseo, solo desesperanza– grito fuertemente Marius.

– El joven emperador, bienvenido por doquier, paseaba por sus tierras, observando las maravillas de obras pasadas, pensando en las obras que estaban por venir…– seguía el Señor Madeleine como si todos le prestasen atención.

– El día termina. La noche que al fin empieza, nos conducirá a un nuevo amanecer– dijo el prior.

– Siempre es demasiado pronto para decir adiós–dijo Coseta.

– Cogerás de la mano que te lleve a la salvación– interrumpió Fantine

– …será mi última confesión…– prosiguió Coseta.

– La historia de un hombre que aprendió a ver, a entender, que a pesar de que él cayese en discordia, su imperio perduraría. Sus tambores sonarían toda la eternidad en una cruzada infinita. Tras ello, la voz de una mundo que se transformaría en polvo. Polvo del que surgirá una nueva civilización entre las estrellas, que atentas observarán el camino, que por mucho que se apagase, jamás dejaría de brillar en una eternidad que jamás se encendió. Un circulo vicioso que no encontraría su fin ni tampoco su principio..– dijo Madeleine alzando el tono de voz.

– Mentira, es una locura– dijo Le Juge Javert

– Verdad, la virtuosa verdad– respondió Fantine

– ¿Qué es del amor? –pregunto Marius

– El amor es inherente a la vida– respondió Coseta.

–Escucha lo que dice el Señor… es voz de la sabiduría– dijo el prior.

– Nada– dijo el desconocido. Su voz me provocó un escalofrió que recorrió el cuerpo entero, desde los pies hasta la espina dorsal…

“Recuerda que no debes quedarte solo, nacemos para compartir nuestras vida”- dijo Eponine.

“Que diálogo tan enrevesado mis señoras y señores, no se que responder, ni como asimilar la voz de la experiencia..”-dije.

“Mañana será un nuevo día. Un destino nuevo en tu imperio”-dijo el señor Madelein, también conocido como Valjean.

Aquel escenario, oscuro y sombrío se lleno de luz. Un apogeo de colores. Un destellos blanquecino que cegó mis ojos. Aquellos espectros del pasado se arremolinaron como el genio en su lámpara, una columna de humo que se alzaba hacia lo alto. Todos ellos cantaron al unísono antes de desaparecer en el abismo – Recuerda las palabras de los que hablamos con la voz de la razón, el día del juicio final jamás estará por llegar–. 

Aquella noche comprendí que siempre pertencería a la vida y que podría dormir tranquilo.


…Y de la desgracia de
aquellos días no
queda más que la
gloria que nos
falta por vivir…

F.B.R.D-3.f.13

viernes

De los hijos de los hombres




Del aroma de las rosas, del calor del sol y de la humedad de la tierra, surgieron sus pequeños frustos que crecieron. De la espuma blanca de las olas, la imaginación de las rocas que se destruían, la frustración  de los cielos y la agitación de sus tempestades, surgieron los pequeños seres cuadrúspedos.

De aquellos frustos poco se sabía. De pequeño tamaño y poco peso en los principios de la ansiada primavera, cuando la nieve aun perdura entre las grietas de  las  dura piedra gris, surgía de la fina rama con delicadeza y gracilidad, causando un lento estrago de dolor en la rama, teñida de rojo, por culpa de aquel  frusto que nacía. Con el tiempo, y con el aumento de la luz solar, el frusto crecía, adornándose en su proceso de culminación con suaves hojas a su alrededor. Numerosos colores pintaban la fina piel de este frusto que crecía. Con la sequia estival, mientras los demás frutos padecían y  se volvían pardos, los frustos permanecían vivos sin ennegrecer ninguno de sus vivaces tonos. Mientras las hojas caían al abismo de los tiempos, la brisa fría servía de aviso a aquellos frustos. Aviso de los que se acercaba, avisó de lo inevitable. La piel de esos frustos se volvía oscura, perdiendo la celeridad de su envoltura entera. No más que la preparación de la noche blanca, el día oscuro, el helado aire. Con la primera luz de la nueva primavera aquellos resistentes frustos caía. Muy pocos de ellos soportaban la dureza de la noche blanca, pocos mantenían su pictórico color tras el día oscuro. De esos poco que sobrevivían y caían al suelo, la mayoría de ellos eran absorbidos por la piedra en busca de nuevas vidas. Pero un muy demasiado pequeño número de éstos era comido, devorado y aniquilado por cualquier bestia o monstruo que por allá parase y consiguiere olfatear la dulzura de su presa, los frustos. De entre esos múltiples monstruos y bestias, existían multitud de especies y razas; los que ostentaban una pata con orgullo, los que con dos saltaban de alegría, los que poseían tres patas y poca coordinación… también existían seres de cuatro, cincos y seis… pero los de verdadero interés en esta historia de carácter  surrealista, es importante remarcar la extraña existencia de unas bestias dóciles denominadas por los ingenuos, los cuadrúspedos .


Suerte tuvo aquel cuadrúspedo que sin miedo ni temor de cruzar la pradera que le separaba de aquel frusto, comió y saboreó, del de éstos, el más brillante y reluciente.

En esta bestia se desató la fatalidad, la nulidad del alma que busca encontrar la luz más pura y empíricamente verdadera. Probó por primera vez de aquello que lo transformó en “bípedo” , bi “brachium” , “quinque-digitus” y “seape-inventum”.

La humanidad se convirtió en su más brillante virtud, y en su más dañino defecto.
La razón que inmiscuyó a estos quadrúspedosl no fue suya ni lo será, si no sólo habiendo sido amagada enfrente de sus apestosas narices. La ley de los hombres no alcanzó a comprender que fue aquello que despertó el hondo reconcomer de su alma; siendo la causa un pequeño frusto. Quien de su origen no conoce, de su porvenir poco podrá predecir. De quien en su tiempo no cree, no le espera la más mínima fe que resguardar; pues tristemente, quien aspira a la verdad, corre el riesgo de topársela por el camino.

Su fatídico final se acercaba sigilosamente pues nada es infinito. Caminando por un mundo en el que no hay camino y aun así siempre llegando a algún lugar. Aumentaron en número, se multiplicaron con velocidad y pronto olvidaron sus nombres, haciéndose llamar hijos de los hombres. Los hijos de los hombres prosperaron, proviniendo de un origen encaminado a la ignorancia de la infancia.

Pronto creyeron y pronto dejaron de saber.

Y los hijos de los hombres comieron del pan y bebieron del vino de un dios que jamás intervino.


FIN


12.1.13-FBRD